50 ANIVERSARIO MÉXICO'68

Héctor Ramírez, el hombre al que Bob Beamon le negó un empleo

22.04.2018 | 13:45

Madrid, 22 abr (EFE).- Veinticinco años después de verle batir el récord del mundo de longitud en el Estadio Olímpico de México, el cubano Héctor Ramírez volvió a encontrarse, esta vez cara a cara, con Bob Beamon.

No fue en una fiesta entre viejos colegas de aquellos Juegos de 1968, en los que Ramírez había sido el abanderado de Cuba. El exgimnasta se presentaba a una entrevista de trabajo. Y Beamon, que buscaba a alguien para cubrir un puesto de entrenador en Miami, no le dio el empleo.

Esta broma del destino es uno de los muchos recuerdos relacionados con los Juegos de México que guarda Héctor Ramírez, que con el tiempo fue seleccionador español de gimnasia. Ahora tiene 75 años y reside en Madrid.

Otro recuerdo es el agua que, como diversión, arrojaban los deportistas desde las ventanas altas de la Villa Olímpica para empapar a los que paseaban por debajo. Y otro es el año que pasó cortando caña en Cuba, a su regreso de México'68, castigado por llevar en la maleta una botella de alcohol que le habían regalado. "Estaba prohibido y no lo sabía".

Ramírez, que fue elegido abanderado del equipo cubano por ser entonces el vigente campeón panamericano de gimnasia, llegó lesionado a los Juegos de México.

"No fue mi mejor competencia, así que me dediqué a ver otros deportes. El atletismo lo vi completo. Allí rompió el récord mundial de salto largo Bob Beamon con 8,90. ¿Qué recuerdo de aquel día? Que años después fui a buscar trabajo a un sitio, que era Bob Beamon el que daba el trabajo y que no me lo dio", rememora Héctor Ramírez sobre aquellos Juegos que celebran este año su 50 aniversario.

"Me fui de Cuba en 1993, durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Puerto Rico, y no he vuelto nunca más. Cuando llegué a Estados Unidos empecé a buscar trabajo, me llamaron para un puesto de profesor de Educación Física en la comunidad de Miami y cuando llego allí veo que Bob Beamon era el director", señala.

"Yo pensé, menos mal. El hombre me recibió, yo le dije que me acordaba de él, pero cogió el currículum, lo leyó y me dijo: mire, verdaderamente no le necesitamos. Usted está sobrecapacitado para este puesto", cuenta Ramírez desde un pequeño taller, "un poco cutre", que tiene en Madrid, a espaldas del río Manzanares, donde hace arreglos domésticos, escribe y escucha música

"¿Sabes cuánto se ganaba en ese puesto? 4.500 dólares mensuales. Para alguien que acababa de llegar hubiera sido...", dice abriendo las manos. "Beamon me dijo que buscara en otros lugares y no me dio ningún puesto".

Héctor Ramírez encontró trabajo en la YMCA hasta que un amigo de Cuba abrió un gimnasio en Miami y se colocó allí como entrenador. En 1998 se trasladó a España como seleccionador nacional.

El habanero muestra un álbum con las pocas fotografías que conserva de su etapa de deportista y con la única que guarda de México'68, en la que se le ve paseando sonriente por la Villa.

"Era muy interesante caminar por allí. Te echaban agua. Era una broma entre deportistas. O ibas por el centro de la calle o te bañaban. Tenías que ir sorteando", recuerda divertido.

Como campeón panamericano de gimnasia y del preolímpico anterior a México'68, Ramírez fue elegido abanderado de Cuba en esos Juegos, los primeros a los que el país caribeño acudió con una gran delegación de más de cien personas.

"Me hizo muchísima ilusión. He buscado fotografías mías del desfile inaugural pero en ninguna se me ve bien. Llevábamos un sombrero, la fotografía es desde arriba y no se me ve la cara. Nadie sabe que soy yo", lamenta.

"Llegué lesionado, estuve en tratamiento porque en una competición en Bulgaria, unos meses antes, me lastimé la rodilla. Menisco y ligamentos. Llegué a los Juegos pero competí a trancas y barrancas. Si no, pienso que podía haber ganado una medalla. Después tuve que pasar por el quirófano", dice.

Héctor Ramírez ya había competido en los Juegos de Tokio 1964, donde le asombró el nivel organizativo ("los japoneses son otra cosa"), pero los de México le parecieron "muy pintorescos, muy latinos, con mucho encanto. A lo mejor las cosas no estaban listas, pero al final salían".

"He vuelto muchas veces y lo que fue la Villa Olímpica se quedó en nada, casi se destruyó. Me fue doloroso ver eso. Me acuerdo que vivíamos en un décimo piso. Nosotros también tirábamos agua. Estábamos con los de boxeo", rememora.

Héctor Ramírez menciona entre los privilegios que tenían entonces los deportistas en Cuba que les alimentaban "mejor que al resto de la población" y podían salir al extranjero.

"Nos adoctrinaban mucho, pero parece que la doctrina no fue muy buena porque muchos se fueron quedando fuera. Yo veía que en Cuba la cosa estaba difícil, que no era cierto eso que me decían de que estaba mejorando. Cuando me quedé en Puerto Rico conmigo se quedaron ciento y pico", apunta.

"Yo salí de Cuba por mi hija. Un día me dijo que no resistía más y que se iba en una balsa. Yo le dije: No, me voy yo y luego te saco por un aeropuerto. Y me fui y me costó cuatro años sacarla a Ecuador, y de allí a España", cuenta con emoción.

Esa hija es ahora médico en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid y tiene un hijo español de 18 años que es concertista de guitarra, una afición que heredó de su abuelo. Mientras, Héctor sufrió otro imprevisto: "Una española me robó el corazón".

"No añoro mi país. Me voy a morir aquí", dice mientras ve caer la nieve por la ventana, en una fría mañana del invierno madrileño. Ramírez, que destacaba sobre todo en el suelo y la barra, cree que como gimnasta le distinguía "la voluntad, no el talento".

Eso fue lo que su "ídolo", el entrenador ruso Evgeny Belov, vio en aquel "gimnasta atípico, muy alto y muy delgado", cuando le escogió para formar parte del equipo de Cuba.

"Luchó conmigo hasta que me hizo campeón. Vio algo en mí", dice de quien también descubrió años después a otro gran gimnasta latino, el chileno Tomás González.

Héctor Ramírez considera que en su etapa como técnico fue "un entrenador inteligente, fuerte cuando había que ser fuerte, blando si había que había ser blando".

Cuando le llamaron para hacerse cargo del equipo español, por la muerte del anterior responsable (Marco Antonio Vázquez), se encontró con fallos de disciplina y organización que consiguió revertir. Durante su etapa al frente de la artística española "Jesús Carballo quedó campeón del mundo y Gervasio Deferr campeón mundial y olímpico", dice con orgullo.

Se jubiló en 2010. Después siguió colaborando con la Federación Internacional en varios cursos y ahora se afana en escribir un manual de gimnasia para entrenadores. En él quiere verter su saber y su experiencia de toda una vida. "Una vida que para mí ha sido normal", asegura desde su taller mientras asiste a una anormal nevada en Madrid.

Natalia Arriaga

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