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Una mochila y un SOS

04.04.2020 | 20:48
Una mochila y un SOS

Madrid, 4 abr (EFE).- Las banderolas y las mochilas, notablemente voluminosas, los hacen reconocibles. También los aplausos, repetitivos a su paso por los avituallamientos; o las palabras de agradecimiento, cada vez que se cruzan con corredores, voluntarios o miembros de la organización. De dos en dos, los componentes de SOS Cardiosport se reparten diferentes tramos del recorrido de las carreras para garantizar la protección de los participantes.


Portan en sus espaldas un desfibrilador y un kit de primeros auxilios. A esos siete kilos suman los bidones de agua, algo de comida y un 'walkie talkie'. Lo hacen sin queja. Saben que nada pesa tanto como la propia vida.


Manolo Heredia sitúa el origen del proyecto en una prueba ciclista. Estaba participando en la Huelva Extrema, de bici de montaña, cuando el accidente de otro corredor le puso en situación de alerta. "El chaval presentaba un traumatismo en la cara y en el cuello. Estábamos en una zona de difícil acceso y tuvimos que esperar tres horas hasta que pudo llegar un Guardia Civil", recuerda.


Ahora SOS Cardiosport lo conforman unas 50 personas, en su mayoría trabajadores del sector sanitario. Todos tienen formación en primeros auxilios y cada fin de semana ofrecen voluntariamente su ayuda a la organización de eventos deportivos para actuar frente a lesiones musculares, traumatismos, infartos, paradas cardio-respiratorias o cualquier otro percance físico. "La carrera ideal sería aquella en la que no tuviésemos que intervenir. Es verdad que muchas veces, afortunadamente, no son casos graves y no van más allá de un antiinflamatorio y del Radio Salil", apunta.


UN MEDIO MARATÓN EN UN PATIO


El grupo debía repartirse en este periodo por eventos como el Trail Cara Los Tajos, el Desafío Sur Torcal, la Cresta de Sierra Carbonera o el Pinsapo Trail. Ocurre que la pandemia de COVID-19 ha borrado los fines de semana del calendario.


Ni Manolo Heredia, técnico en el servicio de emergencias del 061 en Málaga, ni su compañero Jorge Domínguez ven cercano el próximo domingo de desahogo entre senderos.


"Yo al menos tengo un patio de 35 metros cuadrados y estoy haciendo medios maratones. ¡Piensa las vueltas que le doy al patio para hacer 21 kilómetros y medio! Soy una persona que todos los días tiene que salir a correr al campo y ahora mismo estoy como un animal enjaulado. Yo necesito correr para sacar la adrenalina después del trabajo. Estos días sale uno bastante cargado", asegura el enfermero.


Los aplausos que cada tarde rompen el silencio desde las ventanas y los balcones van dirigidos hacia ellos y hacia otros muchos trabajadores del sector sanitario que conforman la línea de contención del coronavirus, un indeseable enemigo que ha cambiado las reglas de convivencia. Los semáforos ya no dan paso a los peatones. Las ciudades ya no respiran la contaminación de los coches. Los pocos compradores cruzan fugazmente el mercado, sin ganas de palique.


"La parte afectiva es la que yo, personalmente, peor llevo", apunta Andrea Espina, quien día a día desde hace dos años se multiplica en cuidados y atenciones en el área de hemodiálisis de un centro malagueño. Como tantas otras abuelas primerizas, ella ha tenido que aparcar sine die las carantoñas hacia el pequeño Leonardo. Pensando en cuidarlo renunció a todos los planes deportivos del primer semestre del año. El virus, sin embargo, le alejó de él. Por una pantalla contempla los balbuceos de su nieto, recién cumplido su primer mes de vida. Sabe que sería imprudente visitar a su hija.


"Ahora vuelvo a casa con otro estrés. Me refiero a ese estrés de no tocar nada, de quitarte la ropa y de ducharte enseguida. Por nada del mundo quisiera ser yo la portadora del virus y contagiar a pacientes en riesgo", explica.


Con "las manos reventadas" por el gel hidroalcohólico, Andrea Espina confiesa igualmente haber sentido "un fuerte pellizco" cuando a dos de las personas con las que trata a menudo -en ocasiones hasta tres veces por semana- les notificaron su positivo. "Son personas mayores y lo que sientes es un gran susto. No quieres pensar en que se puedan ir, pero tienes presente que es una posibilidad por este maldito bicho", lamenta.


Con mujeres y hombres de edad avanzada trata diariamente Francisco José Fernández. Es médico en un geriátrico. En ese entorno, el coronavirus supone una gran amenaza, por su velocidad de propagación. "Cuando una gastroenteritis entra en un centro de cien personas puede contagiar a ocho o diez. En este caso, hablamos de que puede contagiar a setenta y con una rapidez brutal", atestigua.


Su aislamiento, además, endurece el confinamiento. "Para gente que ha vivido ya dos guerras, no poder ver a sus hijos o a sus nietos es muy triste", indica preocupado. Sabe, no obstante, que las defensas y los sistemas vitales se debilitan en la vejez. "Pero la realidad del COVID-19 es que complica una neumonía a cualquiera, aunque seas joven", puntualiza.


LA SOLIDARIDAD VECINAL


"Yo tengo claro que me voy a contagiar, aun con todas las medidas de seguridad que estamos adoptando. Nos exponemos a cometer algún fallito. En mi última guardia, por ejemplo, me tuve que cambiar el traje cuatro veces por cuatro casos sospechosos de positivo. En cuanto suena el teléfono sabes que tienes que vestirte. Pero no es tanto ponerse como quitarse el traje. Ahí es cuando podemos cometer algún error, estando ya el traje contagiado", señala Manolo Heredia.


Advierte, además, que tal vez acusen estas semanas de entrega infatigable. "Hay compañeros que lo están pasando muy mal. Esta situación, aunque intentamos llevarla de la mejor manera posible, estresa muchísimo", remarca.


Bien lo sabe Mercedes Moya, una de las voces de Salud Responde en Jaén. Lleva quince años atendiendo a los ciudadanos a través del teléfono. Confiesa que ahora las llamadas le llenan "de pena y de impotencia". "Mis compañeras y yo tenemos un grupo de WhatsApp y el primer viernes de confinamiento, cuando ya llevábamos dos semanas recibiendo llamadas por el coronavirus, me vine abajo", manifiesta.


La jienense ha renunciado a las vacaciones que tenía previstas durante estos días. Antepone al ocio su compromiso de seguir ofreciendo información y consuelo. Lo hace bajo una mascarilla de tela que una vecina confeccionó para ella.


"Por la noche, cuando llego a mi casa, la lavo. Al día siguiente, me la vuelvo a poner. Tengo solo 5 kilómetros en coche hasta mi trabajo. A pesar de saber a qué me expongo, me gusta ir. Sé que tengo las respuestas que otras personas necesitan oír", asevera.


Ella, al igual que Manolo Heredia, Francisco José Fernández, Jorge Domínguez y Andrea Espina, espera la victoria sobre el COVID-19. Dejarán entonces el rodillo, la cinta, la bici y las rutinas de tabata y correrán en libertad. Algunos tienen pendiente probarse en pruebas de montaña sumamente exigentes, como la Gran Vuelta Valle del Genal. Otros pretenden volar sobre el asfalto barcelonés en octubre, en la nueva fecha del maratón de la ciudad condal. Todos comparten el deseo de echarse una mochila a cuestas. Se saben ángeles de la guarda entre semana, en sus respectivos puestos de trabajo. Lo son también los sábados y los domingos, en cualquier carrera, bajo la camiseta verde de SOS Cardiosport.


"¿Sabes qué saco yo positivo de todo esto?", interviene Andrea Espina. "Que nos hemos dado cuenta de que lo mejor de nosotros lo teníamos escondido bajo una capa de chapapote. Cuando todo esto se pase, volveremos a la vida y volveremos sin egos, menos pendientes del 'yo' y más del 'nosotros'. Porque juntos saldremos de esto".


Lucía Santiago

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