La Semana Santa que llevo dentro (Día 2)

Lunes Santo de miradas cruzadas

29.03.2021 | 12:05
Lunes Santo de miradas cruzadas.

Las mejores historias arrancan desde un punto de partida desconocido, en algún rincón de lo inesperado, apartado del mapa de lo previsible y lejos de lo que se había trazado para una realidad anhelada. Estas historias te encuentran, te sorprenden y no preguntan si las necesitas, pero te atrapan. Porque tejen un sentimiento profundo, el incomprensible hasta para el que lo inunda, pero que basta con sentirlo como única explicación posible.

Yo no sé exactamente cuando se cruzaron nuestras miradas, qué Lunes Santo realmente te conocí, quizás aquella Semana Santa en la que con un folio y una cuadrícula hecha a pulso puntuaba todos los palios. Era muy niño todavía. Y de repente apareciste. Y parecías sonreir envuelta en el más profundo de los padecimientos por culpa de un beso. Y la mirada te brillaba, o así lo recuerdo vagamente. Sin darme cuenta había nacido una devoción arraigada que se reflejó por entonces en notas muy altas que te coronaron en aquel singular concurso que tanto me entusiasmaba.

Era aquel comienzo inesperado, el amanecer pleno de Rocío de un precioso cosquilleo. De la Redención de una pasión sin rostro precedida por el bamboleo de un Olivo. Después más adelante llegaron las tardes en Santiago y alguna que otra noche en la Pila del Pato. Siempre a la misma hora en el mismo sitio. Aquella revirá que nos deja frente a frente, sin importar demasiado los sones pero sí el vaivén de tu palio. No sérá el lugar más recóndto ni el más emblemático, pero es el nuestro, y la cuna, además, de otra historia no escrita que, precisamente hoy, cumple 19 años de amor.

Porque tras verte Madre Santísima del Rocío, hubo otro baile de miradas, otra sacudida en las entrañas. Un Lunes Santo, con todavía el rastro de tu manto en la calle Laraña. Tenías que ser tú, justo después de ese beso que flota en el aire y que parece que no llega pero llega. La que me enseñaste el camino una tarde que hoy celebro pensando en las conversaciones a la espera del sobrecogedor abrazo que siempre supone Santa Marta, o en El Arenal para saludar a la Virgen Niña o avanzando por las entrañas de Triana para sumergirnos en la oscuridad del Barrió León, en la que sólo irrumpe entre naranjos la luz de un candelabro con el izquierdo por delante.

Es la Semana Santa que llevo dentro, la del Cautivo alejándose como un final sin comienzo o la solemnidad de Placentines con Vera Cruz y Las Penas cuando ya germinaba una ilusión. Es Lunes Santo. El día que se cruzaron nuestras miradas.

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