La Semana Santa que llevo dentro (Día 5)

La Madrugá de las primeras veces

01.04.2021 | 19:27
La Madrugá de las primeras veces

En La Madrugá existe una primera vez, y luego un sinfín de primeras veces que sacuden los sentidos, que despiertan ese cosquilleo que emana de las entrañas y que no necesita un porqué, sino experimentarlo tantas veces como los infinitos descubrimientos que nos regala la gran noche sevillana.

Mi primera vez, la de la ilusión, las expectativas, se inició sobre una almohada en Jesús del Gran Poder, cuando ya se presentía al Señor de Sevilla aunque todavía restaran horas para su salida. Cómo olvidarlo, en la calle con su nombre, en la casa de una de esas personas que siempre te tienden la mano con generosidad y que, independientemente de la sangre, consideras de tu propia familia, porque así lo sientes. Recuerdo el pavo trufado de la cena que me hizo mi madrina y un despertar soñoliento, propio de un niño que apenas había dormido, pero entusiasmado por un instante que soñaba desde hace tiempo
.
Al bajar ya no restaba bordillo para sentarse y ya costaba abrirse paso por los ecos de fe procedentes de San Lorenzo. Mis padres seguro que me miraron y sonrieron por el brillo en aquellos ojos recién abiertos. Llegamos con tiempo y, a lo lejos, una Cruz de Guía. La noche negra se aproximaba en absoluto Silencio. Lo escribo ahora y percibo aquella sensación. La impresión de que el ruido había cesado. De que nadie quería hablar más fuerte que el de al lado. Una hilera de cirios entre susurros en Campana. Era la primera vez de la primera vez. La impresión del recogimiento. De un llamador que parecía decirles algo al oído a los costaleros. No sé si pensé todo aquello entonces, aún muy pequeño, quizás no, pero que lo sentí es tan cierto como que hoy lo revivo como si fuera ayer.

La primera vez, en Pedro del Toro. Con mis hermanos mayores. Los que me enseñaron La Madrugá en la calle. Estrechez en la mayor de las anchuras de la devoción. "Fíjate en la Cruz de Guía", me dijeron y hoy me embobo como aquel día. Y sin un resquicio siquiera para observar al nazareno del lado contrario, la vida pasó de súbito y se detuvo. Estaba escuchando el racheo con tanta claridad que miré al suelo y cuando levanté la mirada no había cielo que no copara su figura. Y ya no había nadie. Y nunca más ha habido. Solos. Es su Gran Poder.

La primera vez fueron muchas primeras veces. En Feria pasada la medianoche. Antes de embocar Santa Ángela bajo el rocío de la mañana o en Parras de día. La buscaba y hallaba siempre la Esperanza. La Macarena. Después de un tambor clásico que nunca muere, del costero a costero eterno y de los vestigios de Roma sin los que no se entendería la infancia sevillana, venía una luz imponente que no es poesía, sino una realidad que realmente he sentido en cada encuentro.

Una luz y un calor maternal que también viví en Pureza. La primera vez, en las alturas después de sudar para llegar a una casa en plena marea trianera. En un balcón. Casi frente a frente. Y también en los albores de Sierpes, donde parece que el 'Caballo' no cabe pero cabe. Donde no falta el delirio de un imposible al son de Tres Caídas que lo inunda todo. Nací en Triana y, aunque fueron unas pocas horas, de alguna manera me enamoré de su Esperanza y siempre busco entre las flores esa expresión tan de madre que te abraza.

Es la Semana Santa que llevo dentro. La Madrugá en Dueñas, con Las Angustias y esperando La Saeta para el Cristo de Los Gitanos. La Madrugá de la mirada siempre al frente del nazareno de El Calvario. La Madrugá de las primeras veces que aún quedan por descubrir.

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