La historia de Bravo (I): El delantero que se ofrecía para ser portero

01.09.2020 | 18:10
Claudio Bravo, en sus inicios como portero.

Un pequeño campo de cemento en Viluco, localidad cercana a Santiago de Chile, vio nacer futbolísticamente a Claudio Bravo, flamante fichaje del Betis y un referente desde hace años en el panorama balompédico chileno. Pero todavía sin guantes, sin el más mínimo plan de ponerse de portero. Enamorado del fútbol desde muy pequeño, allí, en el centro del pueblo, jugaba con sus amigos y con sus familiares siempre que podía, y su padre, Marcial, al percartarse de lo mucho que le gustaba, lo apuntó a la escuela Acacias de Viluco, el primer equipo de muchos para Bravo.

Cada día recorría el camino desde el negocio familiar de sus padres para entrenar con ilusión y poder algún día cumplir su sueño de niño de ser futbolista, aunque por entonces como delantero. Porque el pequeño Claudio realizó sus primeros pinitos en el fútbol muy lejos de la portería, en el otro área, pero no tardó en darse cuenta que le cansaba demasiado esa demarcación y que no le garantizaba jugar.

Por ello, poco a poco retrasó su posición y se ofrecía para ponerse de portero cuando una vez repartidos los equipos uno de ellos se quedaba sin nadie entre los tres palos. De hecho, como apunta a ED su formador, protagonista del segundo capítulo de esta historia, le pidió al entrenador de la escuela que lo pusiera de portero porque le aseguraba que no lo cambiaran. En principio, iba a ser circunstancial, sólo para poder jugar el máximo de miniutos posible, pero el veneno de la portería, el que atrapa a todos los metas que lo prueban, eternizó aquella decisión coyuntural para iniciar un idilio que se ha convertido en una carrera de éxito como arquero.

Juñlio Rodríguez, por entonces entrenador de porteros de Colo-Colo, le vio algo especial en una prueba y lo reclutó para la cantera de uno de los mayores clubes de Chile a los 10 años. El problema radicaba en la distancia que había entre su casa y las instalaciones, 45 minutos en cerretera que recorría todos los días con su padre en el coche, donde almorzaba y se cambiaba de ropa para llegar a los entrenamientos ya listo para empezar.

Un esfuerzo que hacía con gusto y que con el tiempo tuvo su premio. Eso sí, antes tuvo que superar decepciones y algún que otro menosprecio que formarán parte de la segunda parte de este repaso a los curiosos comienzos de Claudio Bravo, que de niño eligió su destino guiado por su amor al fútbol.  

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