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Los pitos a Gameiro

Los pitos a Gameiro

Carlos Pérez

Carlos PérezCarlos Pérez3 min lecturaSin comentarios
Se le pitó antes, durante y después del partido. Y muchos se preguntaban por qué, cuál era el motivo por el que el Sánchez Pizjuán brindaba un recibimiento tan hostil a uno de sus exjugadores, a un futbolista que nunca levantó la voz cuando le tocó quedarse en un segundo plano y que ofreció un espectacular rendimiento en el momento en el que le llegó la hora de jugar, pese a que tras la marcha de Bacca pocos confiasen en su capacidad para comandar el ataque nervionense. Pero ni eso ni sus 67 goles y 17 asistencias en 145 partidos oficiales, con títulos incluidos, sirvieron para que el domingo el ahora jugador del Atlético de Madrid mereciese los vítores del público.

Si un día regresase Krychowiak, sería aplaudido, como lo fue en su momento Jesús Navas cuando lo hizo con el City o como ocurre con Rakitic en los momentos que el Barça visita Nervión. Entonces, ¿por qué con Kévin Gameiro es distinto?

Seguramente, tenga que ver con el destino que eligió y las formas. El sevillista entiende que sus mejores futbolistas puedan cambiar la elástica blanquirroja por otras de equipos poderosos, pero no por la de uno que está casi en su mismo escalón y que, para más inri, se le considerado como 'non grato' por motivos más que conocidos (el botellazo a Palop, los cánticos a Antonio Puerta, lo de "yonkis y gitanos" o la gran rivalidad deportiva).

No es casualidad que a Sergio Ramos, canterano y sevillista para más inri, se le trate igual que a Gameiro. Del Nido disfrazó su venta de tal modo que pareciese que el Real Madrid abonaba su cláusula y que el camero era quien forzaba para que se cerrase, y eso, pese a que se demostró posteriormente que fue una negociación pura y dura, sigue pesando más que cualquier otra cosa. Con el galo, la película estuvo en hacer público que se le había puesto sobre la mesa una gran ficha -incluso superior a la que ya manejaba del Atlético- para que se quedase y que, aun así, Gameiro decidió cambiar el Guadalquivir por el Manzanares. Y eso, al final, ha quedado como un desprecio que el sevillista no perdona y que castiga con pitos.
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