El Villarreal debe rendir honores a Marcelino en su despedida
La entidad groguet tiene el reto de honrar con total reconocimiento a un técnico que ha contribuido a engrandecer su historia

Marcelino García Toral se despedirá de La Cerámica en la última jornada ante el Atlético.Imago
"Adiós tiene nombre de drama, adiós es la muerte en persona", así comienza una de las letras que mi memoria siempre rescata del gran poeta, de un Juan Carlos Aragón que se tuvo que ir demasiado pronto. Y es que hay despedidas que, más allá de lo sentimental o contractual, interpelan directamente a la conciencia. La de Marcelino García Toral pertenece a esa categoría. No es un simple relevo en el banquillo sino un momento que exige altura institucional, memoria y, por qué no decirlo, hasta una sobreactuada elegancia moral. Ninguna separación es fácil, pero hay algunas -las que dejan atrás relaciones más fértiles-, que merecen algo más que un adiós protocolario.
La institución se encuentra ante la oportunidad única de definirse a sí misma en el partido contra el Atlético de Madrid de la última jornada. "Solo es un momento elegido por el tiempo para anunciar que ha llegado el final que represento y que el cuento se ha acabado", rezaba aquel pasodoble que me sigue rondando la mente. Aquí es cuando se forjan las identidades para saber honrar el reconocimiento que merece a quien ha contribuido a engrandecer tu historia. En ese relato, Marcelino ocupa un lugar que no admite parangón.
Marcelino debe tener su espacio en la celebración
"Un adiós bien entendido no duele porque ni los dioses son inmortales". Como en esos matrimonios que deciden tomar caminos distintos, el Villarreal y Marcelino parecen haber optado por una ruptura civilizada, quizá más por necesidad que por convicción, pero incluso en esos casos existe una responsabilidad compartida que es la de preservar la dignidad del vínculo que fue.
Ahí es donde el club debe estar a la altura. No basta con cerrar la temporada celebrando una clasificación para la Champions. Ese logro, indudablemente colectivo, no puede diluir la figura de quien ha sido su principal artífice. Marcelino no debe ser un elemento más del festejo; debe tener su propio espacio, su propio reconocimiento, su propio tiempo.
Conviene recordar, frente a cualquier tentación de simplificación, que el técnico asturiano no ha sido un pasajero circunstancial de ese banquillo. Sus 298 partidos al frente del equipo lo convierten en el entrenador con más encuentros dirigidos en la historia del club. Y sus 145 victorias -una de cada dos comparecencias- lo elevan al rango de técnico más exitoso en términos porcentuales. No son cifras accesorias. Es la arquitectura de una era.

No es solo una cuestión de números
Bien es cierto que su último curso dejó zonas de sombra, pero sería del todo deshonesto permitir que ese tramo empañe el conjunto de su obra. Igualmente, reducir su legado a los números sería, en cierto modo, empobrecerlo. Marcelino ha sido un constructor de sueños. En su primera etapa, rescató al club desde la Segunda División y lo devolvió con inusitada rapidez a la élite, instalándolo de manera estable en competiciones europeas y rozando incluso la final de la Europa League.
En su regreso, años después, repitió el patrón. Llegó en un momento de incertidumbre, reconstruyó desde la urgencia y terminó devolviendo al equipo a la Champions League, este año de forma consecutiva, algo inédito en la historia del club.
Rendirle honores -y casi pleitesía, si se quiere llevar el término a su reminiscencia más clásica-, no es un ejercicio de nostalgia, sino de justicia. El Villarreal tiene ahora la ocasión de comportarse como un club señor, de los que saben despedirse bien.
Hay adioses que no son un final, sino una forma de continuar juntos el camino, pese a la distancia. Marcelino, por méritos propios, ya forma parte de esa memoria que no debería desdibujarse jamás. "Y cuando mi final esté llegando que sea yo de verdad quien sepa decir adiós, dando gracias al mundo, sin odio y rencor, y la ciudad me recuerde cantando", termina aquella letra.