El Villarreal y su salto definitivo hacia la exigencia continental
El 'Submarino' vuelve a la Champions con la serenidad de quien ya ha crecido lo suficiente como para impresionarse por el decorado; este club ha alcanzado una madurez que obliga a algo más que competir: decidir qué quiere ser de mayor

El presidente Fernando Roig junto a Dani Parejo, que abandonará el club. Imago
El Villarreal regresa por la puerta grande al escaparate de la Champions League, pero necesita convertirse en algo más que esa joya exquisita y carísima que todos admiran tras el cristal, aunque casi nadie termina llevándose a casa. Esta vez, la atmósfera en La Cerámica es diferente. No hay una euforia desmedida con la clasificación, no hay celebración mayestática ni tampoco una felicidad ingenua y agradecida de quien simplemente se siente privilegiado por compartir mesa con la aristocracia del fútbol europeo.
La Champions ya no acepta al Villarreal como invitado
El Villarreal debe afrontar este nuevo desafío con la mirada serena de un adulto, con la madurez suficiente de un club que ya ha transitado demasiadas veces estos escenarios como para conformarse únicamente con aparecer en ellos. El himno de la Champions ya no conmueve por novedoso. Ahora debe exigir altura. El próximo proyecto amarillo ya no puede permitirse una Champions turística. Los méritos existen y permanecen intactos, que nadie los olvide. La clasificación para la máxima competición continental constituye, sin discusión posible, un éxito formidable y el tercer puesto posee un valor gigantesco, pero ha llegado el momento de validar definitivamente el crecimiento.
Porque este Villarreal ya ha abandonado la adolescencia europea. Ha dejado de ser una sorpresa simpática para convertirse en una realidad consolidada y, precisamente por ello, la responsabilidad también se multiplica. La exigencia ha mutado y la perspectiva debe ir inevitablemente más allá.

Europa ya no perdona la mediocridad
Asoma entonces, de manera casi involuntaria, el incómodo recuerdo de la última travesía en Europa. Un punto de veinticuatro posibles. Siete derrotas. Apenas cinco goles en ocho partidos. Una persistente sensación de impotencia y un equipo irreconocible precisamente en el escenario donde soñaba con legitimarse. La última Champions no fue una decepción más; fue una fractura reputacional. Urge sepultar aquella imagen cuanto antes.
Aquella sucesión de noches vacías no puede repetirse esta vez. La Cerámica desea volver a sentir el himno y habitar noches europeas auténticas. Desea partidos que dejen cicatriz, eliminatorias capaces de tensar el alma, un estadio incendiado y futbolistas con la personalidad suficiente para sostenerle la mirada a cualquiera. La afición amarilla ya no contempla la Champions como un regalo caído del cielo. Ahí radica precisamente el gran desafío del proyecto que ahora comienza.
Este Villarreal debe preguntarse qué quiere ser de mayor
El Villarreal encara probablemente uno de los veranos más trascendentales de su historia reciente. No únicamente por las despedidas de figuras vertebrales como Dani Parejo, Alfonso Pedraza o el mismísimo Marcelino García Toral -más otros que se irán-, sino porque el club necesita preguntarse con absoluta y total honestidad qué pretende ser en esta nueva etapa, qué quiere ser de mayor. No bastará con firmar un buen campeonato doméstico. La sensación es que el Villarreal está obligado a escalar un peldaño más y semejante salto exige precisión.
Precisión en el mercado, donde el club parece decidido a rejuvenecer la plantilla y construir un equipo todavía más enérgico, con mayor ritmo y una capacidad competitiva más adaptada a la crudeza de Europa. Precisión en la gestión del talento, en fichajes capaces de sostener la ilusión colectiva, porque la afición necesita un nuevo mensaje, un recordatorio, una reafirmación inequívoca de que el crecimiento continuará edificándose desde la inteligencia y no desde la melancolía.

La valiente apuesta por Iñigo Pérez, ni apuesta ni valiente
Y precisión también en el banquillo. La apuesta por Iñigo Pérez simboliza precisamente esa búsqueda de una nueva identidad competitiva. Que sea un técnico joven no lo convierte automáticamente en una incógnita indescifrable. El pamplonés ha demostrado sobradamente su capacidad para exprimir al máximo un equipo de recursos limitados como el Rayo Vallecano, ha mirado a Europa sin complejos y ha transmitido la sensación de que una final e incluso un título pueden imaginarse desde la convicción y la valentía. Exactamente eso necesita ahora el Villarreal.
El proyecto debe seguir construyéndose desde la estabilidad liguera, pero la gente reclama una nueva dimensión emocional y competitiva. Se exigen internacionales absolutos, un mercado ambicioso, se reclama una ambición visible para las grandes noches y, sobre todo, se desea volver a sentir que Europa no es únicamente un escaparate sino un lugar donde verdaderamente pueden ocurrir cosas memorables.