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Telita lo de Nabil... ¡Vaya ejemplo!

05.11.2021 | 18:35

Isaac Newton y Anthony Taylor nacieron cerca. A tres horas de camino. Ahora, claro, no en los tiempos del físico, teólogo, inventor, alquimista y matemático. A su paisano le dio por el arbitraje, aunque es también funcionario de prisiones, un trabajo en el que habrá visto de todo. La mayoría, bastante feo, como refleja la fenomenal serie de otros compatriotas (BBC), 'Condena', creada para el lucimiento de un fenomenal Sean Bean y un colosal Stephen Graham. Acostumbrado a administrar justicia, al de Manchester le ha ido medianamente bien el fútbol, aplicando a su manera la ley de la acción-reacción que ideara el de Woolsthorpe Manor. Porque si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza X, éste reacciona contra aquél con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario.

Por eso, cuando Fekir ejecutó algo tan nuestro (más español que francés, en cualquier caso) como la 'tragantá' a Demirbay, firmó su sentencia de muerte, deportivamente hablando, claro. Que se iba a la calle lo sabía cualquiera que entienda un poco de esto. Taylor, muy 'british' él, mantuvo la compostura ante el rifirrafe multitudinario al que se apuntaron unos cuantos más (ojo al vídeo adjunto, donde se ve a unos enérgicos Canales, Bellerín y Guido, pero también a un Tapsoba que demuestra no ser sólo amante de las artes marciales subterráneas, sino también del boxeo), pero no pudo resistirse a ser equitativo. Sabía que Nabil no brotaba porque sí, ni por el 4-0. Por tanto, el mediocentro turco-alemán, a ducharse también.

'Condena' la emite en España Movistar Plus, la misma que demuestra con un análisis pornemorizado y ralentizado de las imágenes del encuentro en el BayArena que al campeón del mundo se le fue la pinza, pero que lo provocaron. Recopila la plataforma un catálogo de empujones, entradas a destiempo y sopapos (el de Sinkgraven previo al desplazamiento de balón de Demirbay, con la goleada ya consumada, es para comérselo). Pero claro: se supone que el '8' verdiblanco debe aguantar lo que le echen, que para eso cobra lo que cobra (más de 3,5 millones de euros netos, para ser más concretos) y ha elegido la profesión que ha elegido. Si no, que se deje de regatitos, fintas y reversos.

Eso piensan algunos de mis seguidores en Twitter, que me dieron fuerte y flojo, quién sabe si por la inminencia del derbi sevillano, cuando insinué que pocas veces salta Fekir para lo que le pegan cada partido. Si fuera profesor, como en mis tiempos mozos, habría de aguantar las impertinencias de los alumnos, como Don Jesús, al que apodábamos no tan cariñosamente 'El Bombilla' y a quien bombardeábamos con bolitas de papel empapadas en saliva, bolígrafo desmontado mediante a modo de cerbatana, mientras el pobre escribía la fecha en la pizarra, esquivando los proyectiles que se adelantaban a su escritura. O las camareras, que todo el mundo sabe que deben soportar a clientes babosos que las confunden con esclavas, incluso sexuales. Siempre podrían haber elegido otro trabajo. O quizás no.

Esgrimo en el tuit de la discordia (gracias, en cualquier caso, por las decenas de interacciones) que "a Fekir lo han expulsado 4 veces en 86 partidos con el #Betis, alguna tan rigurosa como aquélla con Sánchez Martínez ante el Barça. Hacía siete meses de la última. Y le dan 20 patadas por partido. Todos perdemos la cabeza en ocasiones. Yo, en varias. Pocas me parecen del francés". Lo de que se me va la olla cuando me tocan la fibra es rigurosamente cierto. Como el dato de las rojas y dobles amarillas (dos y dos) al ex del Lyon. Pero hete aquí que el principal problema estriba en que el atacante heliopolitano tiene la obligación de ser un ejemplo para los niños. No de jugar como los ángeles, de marcar goles y brindarlos, de fabricar acciones de ensueño como la del gol al Levante (el mejor de la 20/21 de toda LaLiga)... No, tiene que ser un ejemplo. Y un ejemplo diario. No vale con perder la cabeza un día. Cuatro en dos años y pico, para ser exactos.

Tengo un niño que soplará dos velas el próximo 19 de noviembre, Martín, al que empieza a molestarle menos eso de que su padre, si no hay más remedio, le quite 'La Abeja Maya' de la tele grande para poner un partido y que, de vez en cuando, pegue algún grito o un golpe en la mesa con los tantos de uno y otro. Se asusta, claro, pero ya no tanto. Quiero que crezca fuerte, sano y, sobre todo, feliz. Que aprenda a ser justo, honrado y bueno. Sobre todo, bueno. Que ame la belleza, pero que también entienda que lo bonito sobresale, precisamente, porque hay fealdad. Y que lo feo adquiere muchas formas horrendas: racismo, homofobia, humillación, maltrato, xenofobia, machismo... Desigualdades que, afortunadamente, las nuevas generaciones ven como algo raro y despreciable. El yin y el yang. O como se escriban.

La reacción de Fekir es fea, desagradable y, quizás sí, lamentable. Desde mi humilde punto de vista, no tiene justificación, aunque sí explicación. Explicar es contextualizar, no respaldar o estar de acuerdo. Cualquier niño que lo vea cogiendo del cuello a Demirbay (sin ser bético, sevillista, madridista, colchonero o culé) tendría que torcer el gesto. Precisamente porque Nabil es un ejemplo de belleza y, cuando hace algo que no es bonito, llama más la atención. Cuatro errores en ochenta y seis oportunidades, estadísticamente hablando, es una muestra irrisoria. Para un experto, no representarían nada. Lo suyo es que, como hizo con su paisano Amine Adli cuando lo recibió con una tarascada en el minuto 1, hubiera abrazado a su agresor. El perdón y el olvido dignifican. Por mucho que te pique o te escueza el tobillo. Pero el '8' es humano. Y los humanos, erramos.


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