El conflicto de Simeone con Giuliano: "Un entrenador quiere que mejores; un padre tiene que querer que estés bien"
La relación entre Diego Pablo Simeone y su hijo Giuliano en el Atlético de Madrid plantea un desafío que va más allá del fútbol. La psicóloga Ana Galán analiza las dificultades de separar la exigencia de un entrenador del vínculo afectivo de un padre y advierte de la presión añadida que supone para el futbolista tener que demostrar su valía bajo sus órdenes

Giuliano (derecha) y Diego Pablo SimeoneImago
Llevar el apellido Simeone puede abrir muchas puertas en el mundo del fútbol, pero también supone cargar con unas expectativas que no siempre resultan fáciles de gestionar. Diego Pablo Simeone ha construido una carrera de enorme reconocimiento como jugador y entrenador, y sus tres hijos varones decidieron sus pasos. Sin embargo, crecer con un padre de semejante dimensión deportiva puede convertir cada paso profesional en una comparación inevitable.
Giovanni, el mayor, juega actualmente cedido en el Torino de la Serie A italiana; Giuliano forma parte del Atlético de Madrid que dirige su padre y Gianluca, que pasó por el Rayo Majadahonda entre otros clubes, decidió retirarse en julio de 2025 con tan solo 26 años. Tres recorridos distintos bajo un mismo apellido que permiten abordar una cuestión que va más allá del fútbol: cómo construir una identidad propia cuando la referencia familiar es tan poderosa.
La psicóloga Ana Galán habla de ello para la revista Lecturas, poniendo el foco en esa presión añadida. "Un apellido conocido abre puertas y da oportunidades que otros no tienen. Pero también coloca en una posición incómoda. Cuando eres hijo de alguien muy conocido, tus logros se atribuyen al apellido y tus errores reciben el doble de atención. Y aparece la necesidad de demostrar continuamente que mereces estar donde estás, que es agotadora. El reto es construir una identidad profesional propia. Porque un apellido influye en cómo te miran los demás, pero no debería decidir cómo te valoras tú", explica.
El caso de Giuliano es además bastante particular, puesto que su padre no solo es quien le ha acompañado en su vida, sino también quien decide sobre su participación y rendimiento en el Atlético. Una mezcla de papeles que puede complicar la relación si no se establecen límites claros. "Se mezclan dos relaciones que necesitan cosas opuestas. Como entrenador tiene que evaluar y decidir según el rendimiento; como padre, sostener un vínculo que no dependa de ese rendimiento. Y para el hijo aparece una presión añadida muy concreta: sentir que debe demostrar más que sus compañeros para que nadie piense que está ahí por el apellido. El desafío es que una decisión deportiva no se lea como un juicio personal. No jugar un partido no debería sentirse como haber decepcionado a tu padre", asegura Galán.

La especialista también advierte del peligro de convertir la exigencia deportiva en una medida del cariño familiar. "Un hijo debería tener clarísimo que sus padres pueden estar decepcionados con un resultado sin estar decepcionados con él". Una diferencia fundamental cuando el éxito y el fracaso forman parte del día a día.
"Un entrenador quiere que mejores. Un padre tiene que querer que estés bien, aunque no mejores. Así que no le diría que exija menos. Le diría que se asegure de que sus hijos distinguen cuándo les está entrenando y cuándo solo está siendo su padre. Porque a un jugador se le corrige, y a un hijo a veces solo hay que mirarle", concluye la experta.